lunes, 17 de noviembre de 2014

"Un poeta bipolar"

Las luces comenzaron a encender todo el oscuro laberinto, allí fue donde le vi por primera vez. Vez primera, eterna primera vez... Los rincones de la pasión que supo despertar ahogaron la desazón de todas las malditas partidas, despedidas... maltratos.
He aquí el sabor y el perfume de los jazmines negros, de la total y absoluta incordura reflejándose en el espejo. Sólo puedo percibir su inmortalidad, cuando un escritor amó, la inmortalización siguió su rumbo y por días y noches, más noches que días, volvería a resucitar después de matarla en versos e historias, minicuentos de la lucha de victoria; ¿cómo obtener la victoria si sólo podría dejarse domar muerta? ¿cómo vencer a victoria si su dulce no podría saborearse por irse de su vida? No puede matarse a la victoria, pierde el gusto, el salvaje circuito para encontrarle pierde sentido y rocas para romper o esquivar. Todo vuelve a perderse y ¿cuándo uno se encuentra perdido? Te amo todos los días que puedo odiarte, hasta calcinarte con los besos que deseo estamparte negándotelos. Todo esto despertó absolutamente al poeta bipolar que mató a su encasillador maestro, el psicólogo murió por decirme bipolar. Yo no lo maté, ni lo lastimé, sólo dije una cosa un poco cierta, al menos en mí: "¿Tú solo escuchas una de tus voces?", me ignoró durante las primeras charlas, pero sabía a lo que me refería, él lo supo bien desde el principio. Igualmente, supe desde los atardeceres perdidos en ese diván, que podía hacerle caer en el mar que estaba ignorando, hacer que las olas griten aparte de chocar; lo logré. Alterné todas mis voces para hablarle y recomendarle una democracia en la cabeza, o mejor aún, una total anarquía de decisión. Obviamente, nunca dejé que él hablara, sería darle la chance de permitirle una seguidilla de hundidas en su misma mentira cotidiana. Monologué, desde el amor al tiempo hasta los fraudes laborales y la eterna ida de los días de vida para obtener un poco de supervivencia material, desde amores ahogados hasta sueños cementados. La terapia murió, junto con el psiquiatra o psicólogo, ya no sé saber. Bastó sólo mencionarle que no podría ajustarme a su bipolaridad porque todas mis voces eran el mismo grito, desde distintos ángulos, todos los pensamientos siempre fueron míos... mientras él de día era su figura anhelada de a 3, 4, o 100 más de mil millones, y cuando la Luna comenzaba a brillar para descansar su fatiga, en los sueños ya no se hallaba alcanzable el tacto de sus manos. Exactamente, el bipolar que seguía soñando en vano, por ser tan dipolar. 
Me fui para siempre de esas sesiones, y otra vez le recordé... siempre ajena, siempre distante en cuatro o cinco abrazos; ¿qué podría hacer?




Edificio de los tragos.

Las copas de licor,
las idas de la última canción.
Caminares para servir,
y alguna que otra ilusión.
Y empezamos, sólo empezamos.
Solía terminar muriendo,
solía terminar bebiendo.

Comencé a mirar sus ojos,
los pozos lejanos del agua,
del cielo y Júpiter teñido
del Neptuno azul y verde,
¿llegamos a la Tierra?
¿O en este mundo 
no podría tocarte?

Caídos del Bar, otra vez más,
más, más, más, más, más.
Volamos de la cerveza
violenta de la historia,
caemos por calles lejanas
a tu querida Alemania,
Y otra vez al Bar;
¿se puede tocar?
¿O seguirás alejada?

Todas las voces
vuelven a gritar,
¿por qué no reflejas
en mis ojos tus anhelos
de libertades por vivir?
Es todo un ir y venir,
y por el Bar siempre 
suelo asemejar dolor,
odios, tristezas y amor.

Las alegrías del ebrio 
que reconquista y utiliza,
el que conquista y quiere
conquistar, no tus alas,
no tus risas ni tu mala
o buena vida...
quiere tu sonrisa como 
sonata del instante aquí,
allá...

El instante del Bar,
ese que no quiere terminar.
Debo mezclar palabras
para esconderte de mí,
escondernos de la luz,
escondernos del viento,
del humo y del cineasta
que nos quiera encerrar.

Las copas van subiendo los tonos,
tus ojos van siguiendo un rojo
de labios en fuego o calor,
o frío y abismón,
canción del pozo ciego
¿para qué quiero caer?
Somos libres, el mundo es libre...
y la manía humana de dejarse atrapar.

Pero no te quiero para mí,
el tonto anhelo es para tí.
Porque no te busco,
yo sólo espero...
Siempre espero todo eso,
no quiero acercarme,
no deseo bifurcarte.
Si sueñas de vez en vez,
aparece de nuevo y asesiname
lento, sin ego, sin peso, sin muertos...
Tan sólo dame un beso.
Y tan sólo, otra ronda más,
en ese Bar de la esquina por tu piel,
hundido en la calle de las caderas.
Sólo un Bar, sólo un hecho,
sólo un techo más que nubla un cielo.
Baja, sube, vuela y vuelve;
Atornillado en el banco,
una ronda más, un mal trago.
Los borrachos de tu miel,
sólo soy uno más,
uno más que no dejará de volar...
y tal vez, también puedas hacerlo.
Tienes que olvidar, no me olvides,
quítame de la mente y volvamos
a tomar en este Bar...
También podrás volar.

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