lunes, 17 de noviembre de 2014

Una no ha compartido nada contigo.

La ventana del micro estaba ocultando las luces, y los sancos que daba el personaje creado por la inercia del movimiento consecutivo saltaba y saltaba, mientras sólo podía pisar lo verde de los jardines cruzados y tomarse de los postes de luz para impulsarse y no caer en las veredas de cemento. Él iba de salto en salto, recordando la pesadilla de las calles de los hoyos negros, profundidades que debía sortear entre salto y salto... en esos instantes era más peligroso, no había ruedas transportando el cuerpo y las manos se respaban insaciablemente con el asfalto de los bloques de callejones vivos. Los ojos ahora se mantenían abiertos de par en par. Un día se alejaron esas imagenes, se fueron como el viento dibuja infinitos con tierra y polvo suspendidos de a ratos, y castigados por las gotas de lluvia pesadas que atraían las tormentas temporales. Una no ha compartido nada contigo, y así también se diluye la sonrisa sin dueño, sin anhelo para alcanzar con las manos que se enferman por no contener su remedio, sin acariciar el remedio. El micro traído en un colectivo fugaz hace vibrar la frente y la vista, y los libros se abandonan en el fondo de una mochila con materiales inexistentes en su pensamiento presente. Por momentos hay una invasión fantasma y delicada, temperamental en el fuego de las imaginaciones y los besos anclan el pasatiempo, lo llevan de paseo anulando otros momentos de imaginación. Ahí está él, viajando en el último bondi por el último asiento, contra la ventana, empañando con el aliento y sin verse con nadie directamente, observa que el conductor sigue su rumbo ignorando otros vehículos, y no ve la hora de llegar a la estación y cruzar las vías, o llegar en un momento en que quede atrapado entre dos trenes que pasen. Uno hacia arriba y el otro hacia abajo, o atrás y adelante. De izquiera a derecha... Mantenerse en el medio de las dos rocas que van impulsadas por todas las horas y todas las manos que las transportan en su transporte. Entre los dos trenes y las campanadas que alertan y previenen el curso ligero hacia un accidente imposible de detener si no fuera por la barrera que baja y frena, imposible de pedir en un adelantamiento que no podría permitir mirar hacia ambos lados, y avanzar. La dirección en ese medio alterno conlleva detenerse con el fuego y las voces de Seattle anulando el estruendo de las vías de las miles direcciones que habitan en los trenes que vienen y que van. Todos pasan rápido y no se detienen en ninguna estación, es más, sigue de largo cuando llegan al destino y aparecen nuevamente en el principio de su partida. Una no ha compartido nada contigo y uno habita en un punto sin ir a ninguna dirección más que el correr del tiempo, compartiéndolo, compartiéndolo todo sin nada a cambio. Ya se fueron los trenes, la barrera se levanta, los autos avanzan y el caminar comienza nuevamente. La mente, por supuesto, sigue en movimiento entre paso y paso, y una sigue paso a paso el movimiento de la mente caminando de uno. Una no ha compartido, anda contigo, conmigo.

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